Un nuevo TLCAN para una nueva realidad energética

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Desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1992, México ha perdido un porcentaje significativo en el ritmo de su producción petrolera. En aquel entonces, producía 2.6 millones de barriles diarios, poco más de 30 por ciento más que ahora.

El resto de Norteamérica ha ido en la dirección contraria, hacia arriba. Estados Unidos producía 7.2 millones de barriles diarios en 1992. En 2016 produjo 23.25 por ciento más: 8.8 millones de barriles diarios de crudo. En 1992, Canadá producía 1.6 millones de barriles. Hoy produce más del doble: 3.7 millones de barriles diarios, como lo refleja la Gráfica 1

Gráfica 1:

Fuente: Energy Information Administration (EIA) de Estados Unidos

En términos de market-share, esto significa que, en 1992, la producción de México representaba 23 por ciento de la producción total de crudo de Norteamérica. Ha perdido casi 40 por ciento. Hoy apenas representa 13.5 por ciento.

Hay, por supuesto, muchos factores que explican este desequilibrio. Uno de los más claros es el volumen de inversión. México ha batallado en mantenerle el paso a la inversión —sub-invirtiendo constantemente respecto a lo que nuestros vecinos invierten por barril producido. En 1992 México invertía alrededor de 2 mil 500 millones de dólares en exploración y producción que representaba alrededor del 6.5 por ciento de la inversión total en Norteamérica. Para 2016, este monto creció a 6 mil 700 millones de dólares en exploración y producción, equivalente a 6.7 por ciento. Esto, mientras nuestra producción ha sido equivalente a entre 13 y 22 por ciento de la regional (Gráfica 2).

Cabe destacar que, aun cuando las inversiones han ido en aumento, el crecimiento en la producción no ha sido correspondida con ganar un espacio más amplio en el share regional.

Gráfica 2:

Fuente: EIA

Afortunadamente, como hemos explicado en otros análisis, México dejó atrás su modelo de inversión limitada. La creación del nuevo modelo energético mexicano, como lo plantea la Agencia Internacional de Energía, representa una oportunidad para que nuestro ritmo de inversión se triplique, alcanzando los valores que le corresponden a nuestro potencial.

Pero el modelo, por sí mismo, es insuficiente. Para dar el salto, México debe lograr posicionarse como uno de los destinos de inversión más competitivos en el mundo petrolero. Debe insertarse en una lógica de competitividad regional que tiene una oportunidad de desarrollarse a partir de la renegociación del TLCAN.

Esto parte, necesariamente, de la integración comercial que ya existe entre los países a través de los vaivenes de materias primas y combustibles que cruzan la frontera todos los días. John Cornyn, senador de Texas, destacó en un artículo titulado “No terminemos el TLCAN, arreglémoslo” y publicado por Político Magazine, la importancia del comercio entre su Estado y México como fuente y destino del comercio. Destacó que en la renegociación del TLCAN, la cooperación regulatoria y la promoción de inversiones serán el pilar para el desarrollo de una región energética más competitiva.

Por otra parte, un análisis del Instituto Americano del Petróleo (API) aboga por reconocer que los tres países comparten una interdependencia energética de importaciones y exportaciones de hidrocarburos y combustibles. Por esto, es necesario trabajar en la expansión del tamaño de los mercados, crear economías de escala, atraer inversión privada, reducir los costos de capital y el de los energéticos para los consumidores.

Todas estas recomendaciones apuntan a un objetivo común: ver a nuestros vecinos regionales como una fuente robusta u competitiva de insumos con quienes hace lógica asociarnos; alinear los incentivos a partir de una lógica de mercado que reduzca los riesgos de desabasto; y generar estabilidad en cada uno de nuestros indicadores macroeconómicos para consolidarnos como una plataforma de inversión y de desarrollo robusta mundialmente.

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