El día en que el sector dejó de tener un solo protagonista

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Hace un mes, Sergio Meana escribió para El Financiero que, “luego de 29 años, los colores de Petróleos Mexicanos no son los únicos en la exposición de gasolineros ni en las estaciones de combustibles del país.” Se refería a la Convención Nacional 2017 de la Onexpo, que marcó “la primera vez que Pemex estuvo acompañada”, de acuerdo con José Ángel García, su presidente saliente.

Se puede escribir algo comparable sobre la edición 2017 del Congreso Mexicano del Petróleo. Como operador en el espacio de exploración y producción, Pemex por primera vez está acompañada. Hoy hay plataformas petroleras en operación bajo banderas de color —además de verde, blanco y rojo— amarillo, café, rojo guinda y azul. La bandera de Pemex pronto ondeará junto con la de BHP y Chevron. Y, aunque habíamos visto muchos colores desde que el Congreso se inauguró en 2006, nunca los habíamos visto tan claramente como la manifestación de un cambio cultural en el sector.

La semana pasada se celebró, quizás por primera vez, la diversidad en el sector petrolero mexicano. Ya no fue tanto como en años pasados: como lo políticamente correcto de cara a una apertura inminente. Ahora, con al menos una parte de la apertura ya consolidada, fue más un reconocimiento, a todos niveles, de que la diversidad es una fuente de actividad en una época difícil para el petróleo mexicano.

Prácticamente todos los funcionarios encuadraron sus discursos en la necesidad de acelerar la diversificación para hacer más y ser más productivos. El Secretario Pedro Joaquín Coldwell describió una nueva “etapa de consolidación energética en el campo de los hidrocarburos, incrementando la intensidad y ritmo de las acciones subsiguientes”. De forma específica, mencionó la necesidad de ampliar la extensión de los bloques para generar zonas amplias de  producción, “a fin de que la producción de hidrocarburos sea más rentable y el país más competitivo en el contexto global.” También habló de la diversificación hacia recursos no convencionales y del uso de una industria diversificada como un motor para fortalecer el suministro de gas.

Juan Carlos Zepeda, comisionado presidente de la Comisión Nacional de Hidrocarburos, profundizó en la necesidad de acelerar el proceso de diversificación de la actividad. Según los datos oficiales que presentó, en 2016, Estados Unidos ofreció 9.2 veces más área total (de bloques) para licitación que toda la Ronda Uno combinada. La Ronda de 2014 de Colombia, por su parte, fue 5.7 veces más grande que la Ronda Uno mexicana; la Ronda 13 brasileña fue 4.2 veces más grande. Parafraseando a Zepeda, el porcentaje de adjudicación no es lo importante, sino el volumen de actividad en términos absolutos.

Pemex, por su parte, reconoció la necesidad de atraer diversidad a su estructura operativa. Por primera vez en un foro de este estilo, José Antonio González Anaya, su director general, planteó una estrategia clara para mejorar el nivel de competitividad de los farmouts, formando clusters de asignaciones que se podrían consolidar para atraer socios e inversiones de una manera más rápida. Esto se insertó en la lógica de optimizar el manejo de portafolio de Pemex. A partir de la diversificación de su cartera productiva, su director de exploración y producción, Juan Javier Hinojosa, habló de nuevas oportunidades de proporciones históricas: la oportunidad de que Pemex salga al mundo, aprovechando las posibilidades de aprender de diversos pares, socios y competidores.

El panel de las empresas —por cierto, muy interesante que fuera moderado por Pemex— ya no fue visto como una curiosidad, donde se hablara un lenguaje entendible pero diferente. Fue una fuente de información aterrizada —inteligencia competitiva para entender el presente y futuro del sector.

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El profundo progreso alcanzado se puede perder de vista en la lucha diaria por ganar un punto adicional en un indicador —encontrar un nuevo barril, recuperar un poco más, reducir el costo unitario por algunos centavos, licitar un bloque más o mejorar la forma de administrar un contrato. Pero hoy podemos realmente hablar de un nuevo modelo energético mexicano, tan aterrizado que se refleja hasta en una manera diferente de hablar. Más allá de los nuevos términos que el modelo introdujo como ronda o bloque, hoy usamos menos el lenguaje de la dominancia hegemónica —aterrizada en términos como “la principal palanca de desarrollo”— y más el lenguaje de un mercado diversificado, que privilegia la competencia, el intercambio y la colaboración. Hoy hablamos de la necesidad de que México sea competitivo a nivel global para alcanzar las metas trazadas por la Agencia Internacional de Energía.

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