David Enríquez: Luces y sombras en el camino de la integración energética norteamericana

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Por: David Enríquez

En prácticamente cualquier foro de energía que se haya realizado en México durante el último semestre, hay una pregunta tan repetitiva que parece permanente: ¿qué ocurrirá con el sector, en el contexto de la próxima renegociación del TLCAN?

A partir de los reportes y reflexiones que he leído, escuchado y recopilado, propongo enmarcar la discusión a partir de tres elementos clave: (i) la trascendencia de los mercados energéticos; (ii) el peso específico del sector; y (iii) la necesidad de instrumentos que doten de certidumbre funcional y de largo plazo a las inversiones.

Bajo una lógica de ventajas comparativas, la primera perspectiva surge de reconocer que, si bien los mercados energéticos son en sí mismo importantes para los flujos económicos, en cualquier etapa de integración regional —léase libre comercio, unión aduanera o mercado común—, en realidad estos trascienden a cualquier otro sector industrial o de servicios: son el sustento para que todos ellos funcionen. Un vehículo, por ejemplo, que será terminado y exportado al mundo desde Illinois, cuyo motor fue armado en San Luis Potosí, no se entendería, entre otros insumos, sin el gas natural de Texas, que permitió abaratar los costos de producción en nuestro país. No debemos subvalorar la doble importancia de los mercados energéticos en su sentido más trascendental: son la fuerza que da vida al complicado engranaje industrial de la integración económica norteamericana.

La segunda perspectiva se centra en la relevancia inherente de los mercados energéticos en Norteamérica. Como la Agencia Internacional de Energía bien postula en su Mexico Energy Outlook, la integración norteamericana contiene tanto elementos de política pública como razones de mercado. Podemos partir de una sencilla ilustración de mercado: México es hoy por hoy, el segundo importador de gasolinas del mundo. Para medir la importancia del mercado mexicano para los productores de gasolinas de Estados Unidos, basta decir que más del 50 por ciento de lo que ellos exportan es justamente a nuestro país.

Esta interrelación ha impulsado que los países continúen desarrollando en mecanismos sectoriales. El más reciente, el Memorándum de Entendimiento Trilateral sobre la Cooperación en Información Energética de Diciembre 2014  tiene, entre otros objetivos, intercambiar puntos de vista y proyecciones sobre los flujos de energía transfronterizos.

La tercera perspectiva se centra en generar las condiciones de certidumbre que el sector requiere para poderlas mantener y aumentar. Como todos sabemos, si bien en el TLCAN México descartó el control y la operación del sector energético a partir de las reservas formuladas desde el inicio de la negociación del tratado, las empresas de EE.UU. y de Canadá han participado sin restricciones en la proveeduría para el sector público, incluyendo la de Pemex y la de CFE. Además, gracias a las normas sobre Nación Más Favorecida del tratado, las empresas de ambos países han podido participar de las liberalizaciones parciales en materia de gas natural, así como de la atemperada reforma energética de 2008. Y por supuesto, han sido beneficiadas a través de contratos de exploración y extracción de hidrocarburos a lo largo de las rondas de la CNH, así como en las subastas eléctricas del CENACE.

A partir de estos tres ejes, la ventana de oportunidad que abre la renegociación del TLCAN debe permitir, no solamente hacerlo un instrumento más moderno —a la altura de los contenidos y metodologías del TransPacific Partnership (TPP)— sino incluir normas estandarizadas propias de los mercados de redes, como lo son las de acceso abierto transfronterizo, para todo tipo de ductos e instalaciones del sector.

Desde mi lectura, hay claros incentivos para que, además de por los valores compartidos, el pragmatismo domine la renegociación del TLCAN, haciéndolo un instrumento más sólido para el sector energético. Seguramente, esta misma lógica será la que guíe al gobierno mexicano en la actualización de otros tratados comerciales que seguramente incluirán al sector energético liberalizado que hoy tenemos en México.

Al final del día, el andamiaje construido generaría enormes costos de salida (arbitrajes de inversión, decremento de nuevas inversiones, guerras arancelarias), si es que una subsecuente administración federal de nuestro país buscara desdibujar lo que varias generaciones de mexicanos llevamos impulsando: una gama de fuente de energía, una competencia efectiva en el sector y precios de mercado idóneos para el consumidor final. La certidumbre pues, será la palabra clave para el éxito de largo plazo de cualquier modelo económico.

David Enríquez

Socio líder de la práctica de energía de Goodrich, Riquelme Asociados.

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