Editorial: Nuestro optimismo sobre Pemex y lo que puede lograr

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Por mucho tiempo, el nombre ‘Pemex’ se ha utilizado como un sinónimo de ‘palanca del desarrollo nacional’. Prácticamente todos los presidentes de México desde Manuel Avila Camacho han articulado este concepto.

Hay dos razones centrales para esto. Primero, el peso de la economía de Pemex en la economía nacional: en su pico de producción (2004), la actividad petrolera (sostenida por Pemex) llego a representar el 9.1 por ciento del PIB nacional, 370 mil empleos y el 31 por ciento de los ingresos tributarios del país. Segundo, el impulso al desarrollo de otros sectores sociales, económicos, industriales, los cuales —directa o indirectamente— recibieron el apoyo de Pemex que “apalancó su desarrollo” al ser ancla de inversiones y planeación social.

Sin embargo, al interior del sector petrolero, la producción de Pemex —por definición— había representado la producción total del país. En vez de poder usarse como un recurso estratégico, una palanca que levanta más que su propio peso, a Pemex se le encargó sostener al sector por completo. Aunque es cierto que una serie de empresas florecieron en torno a Pemex, la metáfora de Atlas (que cargaba al mundo sobre sus hombros, de acuerdo con la mitología griega) parece más apropiada que la de palanca.

Lo que Pemex conquistó, más que uniendo fuerzas con otros, lo conquistó por fuerza propia. El descubrimiento de yacimientos súper-gigantes en los 80s, como Cantarell y Ku Maloob Zaap, fortalecieron la capacidad de Pemex de ‘cargar la industria petrolera mexicana por completo’ y relegaron las conversaciones sobre la necesidad de transformarlo en una auténtica palanca.

Pero los tiempos han cambiado. Con un Cantarell prácticamente agotado, la capacidad singular de Pemex para sostener la producción de todo México ha menguado, a pesar de los grandes esfuerzos por inyectar más recursos a la compañía a través de deuda y recursos públicos. El rol de Atlas, para continuar con la metáfora griega, se había convertido en una tarea proporciones titánicas, francamente irrealizable. El mejor ejemplo es que, antes de la reforma, había pocas expectativas reales de una reversión de la tendencia de declinación.

La solución no implica, como algunos han argumentado, sacar del mapa a Pemex. De hecho, uno de los grandes aciertos del nuevo modelo energético mexicano es que, en vez de buscar hacer a Pemex a un lado, le garantiza su rol central en el sector. Pemex, de hecho, conservó 20 mil millones de barriles de crudo en reservas 2P, equivalentes a 27 años de la producción total bajo el ritmo actual—más una gran parte de las mejores oportunidades exploratorias del país, que podrían ampliar este número significativamente. Tampoco implica renunciar a la rectoría y dominio del Estado mexicano sobre los recursos. De hecho, bajo las reglas y parámetros actuales, el Estado recibe una clara mayoría de los beneficios económicos del aprovechamiento petrolero.

Pero una parte igualmente importante es que nuevo modelo le permite a Pemex usar algo más que sus propios hombros para cargar al sector. Más que en un Atlas que debe cargar todo el peso del sector, la convierte en una palanca que, usando recursos propios y ajenos, puede ayudar a mover al sector entero en la dirección del crecimiento.

Por ejemplo, por sí sola, Pemex no había podido conquistar la producción petrolera desde las aguas profundas, de donde se espera que se obtenga hasta un tercio de la producción en 2040. Compartiendo costos y responsabilidades en el recientemente licitado proyecto de Trion, en cambio, ya tiene un camino claro para lograrlo—sin descapitalizarse significativamente, desatender otras áreas, o asumir riesgos financieros desproporcionales. El caso de shale, que también requiere del desarrollo de nuevas tecnologías a gran escala, es muy similar. Muchos proyectos exploratorios convencionales también.

Hoy hay una ruta clara para que Pemex ayude, desde su rol central, a que el sector llegue más allá de lo que la propia inversión y el desarrollo tecnológico del país han llegado. Además de lo que representa para el país, para Pemex representa una oportunidad única para absorber tecnologías, forjar alianzas y seguir profundizando sus ventajas competitivas—concentrándose en lo que sabe que agrega más valor, no disipando su fuerza en todo.

Para ser claros, esto no significa que cualquier problema de Pemex haya sido mágica e inmediatamente arreglado. La producción de petróleo, por ejemplo, probablemente no empiece a crecer de nuevo en algunos años. Y los resultados financieros de la empresa, aunque ya mejoraron considerablemente, aún no reportan ganancias o utilidades. Pero si vemos un Pemex que, gracias al nuevo modelo, puede ser más rápido y eficiente, más enfocado y competitivo, más ágil y flexible. Empezamos a ver un Pemex más estratégico; un Pemex que, aprovechando su rol de palanca y no de Atlas, empieza a encontrar su camino de regreso al crecimiento.

El 18 de marzo, por supuesto, es un gran día para voltear atrás y ver con detenimiento la historia: su creación, sus puntos de inflexión y su historial de resultados. Es un momento para celebrar los grandes éxitos de Pemex y, ahora, del modelo energético.

Si con un modelo de carga directa Pemex logró lo que logró, hay grandes razones para ser optimistas sobre lo que, con socios y aliados y mecanismos para aprovechar la fuerza, todavía falta por lograr.

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