Diana Herrera: De la tierra al mar y traspasando fronteras

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Por: Diana Herrera

Así como la industria petrolera traspasó fronteras yendo de los yacimientos en tierra hacia los yacimientos en mar, mi historia comienza así. Mi nombre es Diana Herrera Solís y soy ingeniera petrolera. Escribo esta columna para hablarles de lo que es trabajar un día en la industria petrolera esperando renovar o sembrar en ustedes el gusto que tienen por este sector o, incluso mejor, inspirarlos a romper nuevas barreras, nuevas fronteras, como lo hice yo.

Aunque es una industria de muchos protocolos y estándares de operación, en realidad poco tiene en común con el trabajo que realizan la mayor parte de los mexicanos que cubren un horario en una oficina o que, simplemente, tienen la posibilidad de salir de casa a divertirse. De hecho, la rutina de un petrolero le priva de muchas cosas, pero poco llega a saberse de cómo vive su vida cotidiana.

Día 1

El primer día que trabajé en esta industria recuerdo haberme sentido muy chiquita. No sólo figurativamente porque apenas empezaba a poner en práctica mis estudios. Me sentía muy chiquita porque los equipos de perforación son estructuras tan grandes e imponentes que, literalmente, yo era una fracción de su tamaño. Todavía hoy, ese sentido de proporción no desaparece.

Ese día estaba nerviosa y emocionada a la vez. Empezamos a las 3 de la mañana, una hora bastante inusual para quien trabaja con horarios fijos. A esa hora comenzamos a armar y a probar las herramientas que íbamos a usar para realizar un registro de pozo. Después de 12 horas, sentí el rigor y el cansancio de nunca haber estado expuesta a un trabajo tan arduo. Cuando cumplí las primeras 15 horas de trabajo y por fin me tocó mi turno de descansar, recordé con envidia las comodidades que tenía en casa —como dormir en una cama en lugar de en la camioneta de la empresa, sentada—. Después de apenas unas horas de sueño uno despierta, se hace un registro del pozo, realizas los reportes, vas a otro pozo y otra vez es el mismo proceso… Ya se pueden imaginar.

De la tierra al mar

Con esta rutina conocí muchos pozos cuyos nombres hoy resuenan en mi cabeza: Samaria, Pijije, Santa Anna, Tizón, Los Soldados… Poco a poco me fui acercando a la playa hasta que, 2 años después de visitar mi primer pozo, me tocó, por fin, cumplir uno de mis sueños desde que empecé la carrera: subirme a una lancha y hacer el viaje para llegar a una plataforma en el mar donde, por cierto, todos los nombres de pozos tienen nombres mayas, como es la tradición en México.

Al subir a la plataforma a través de la “viuda” —un apodo bien ganado para la canasta colgada de un gancho que te sube de la lancha a la plataforma por el número de mujeres que dejaba viudas cuando los hombres caían—vi por primera vez la inmensidad del mar ante mis ojos y en ese momento supe que había cruzado una frontera personal y profesional. La torre de perforación —que el primer día me pareció imponente— ahora se veía como una miniatura en comparación con esta estructura petrolera anclada a la mitad de la nada frente a las costas de Ciudad del Carmen, en Campeche. En ella, yo era apenas una cosa diminuta, una estrella en el infinito mar.

¿Turnos de 12 horas? Cosa del pasado… ahora eran de 16, 18 y 24 horas. Y las jornadas a bordo de la plataforma eran, en una buena época, de 25 días por 5 de descanso… en una mala, pasabas a bordo de la plataforma 50 días o más. Al principio 50 días parecen nada, pero con el tiempo sólo hay dos opciones: o te acostumbras o te dedicas a otra cosa, porque tu vida se pausa de 50 días en 50 días. A bordo de la plataforma vives en un baile de 5 pasos: de tu camarote al comedor y al piso de perforación, de vuelta al comedor, ir a la cama y vuelves a empezar.

Yo arrancaba a las 5 de la tarde porque mi turno empezaba a las 7. En las siguientes 12 horas (mínimo) sabía que el trabajo que realizaría era tan crítico que no podía despegarme. Varias veces no tuve, ni siquiera, la oportunidad de desprenderme para ir a comer o ir al baño en esos turnos por lo delicada que era la operación. Cuando regresaba a descansar a mi camarote, mi overol siempre estaba sucio de lodo de perforación. En las noches me arrullaba el sonido de la plataforma. Si salías del camarote, podías sentir el calor de los quemadores de las plataformas cercanas. Esta es una de las razones por las cuales los “plataformeros” (como se nos conoce) tienen buenos salarios. La entrega y el estrés de las horas de trabajo, así como los días de aislamiento no son para cualquiera.

Ir al cine, ir por una cerveza, ir a la tiendita de la esquina son cosas que damos por sentado cuando estamos en nuestras casas pero que, en el mar, simplemente, no existen. Cada 50 días ves a tu familia. Las salidas con las amigas o la cita con tu pareja se miden de 50 en 50.

¿Fácil? Dejo que ustedes lo juzguen, pero las historias de las personas que no aguantan esta rutina no tienen cuenta. Para mí no fue sencillo adaptarme, pero lo que hizo llevadera esa situación fue que cada día tenía un festín de apasionantes tareas por realizar como verificar la trayectoria de perforación del pozo sabiendo que de esto dependía la integridad de la plataforma y de las personas a bordo, enviar los reportes diarios de actividades y monitorear los parámetros de perforación, aderezadas con unos amaneceres y atardeceres de película. También me formé una nueva familia con las personas con las que compartí esos días de trabajo porque, de tanto compartir el tiempo con ellos, invariablemente se vuelven tus padres, amigos, tíos, consejeros, hermanos.

Traspasando fronteras

1 año después vino un nuevo reto. Así como para pasar de los campos terrestres al mar di un paso hacia el Este, la siguiente oportunidad me llevó a dar varios pasos más en la misma dirección y llegué a un lugar que es bastante inusual y que resultó ser la entrada a algo, otra vez, desconocido: Cuba.

Cuba es un país que ha sufrido mucho, tanto económica como socialmente. Ahí trabaje en pozos horizontales, perforados en tierra pero con objetivos en el mar.

Lo primero que aprendí es que, en la isla, las operaciones son más lentas que en México. Si en México necesitábamos una herramienta o pieza específica, la ordenábamos y, a más tardar, en dos días ya la teníamos. En Cuba, los dos días se convertían en 2 semanas por decir lo menos. Este ritmo pausado, también, se reflejaba en los mismos trabajadores quienes se tomaban la urgencia de la industria en lapsos de varias semanas para atenderlos. Además, fue complicado entender su operación cuando todos los trabajadores perciben un mismo salario sin importar su nivel jerárquico, nivel de estudios o su cargo. A esto se suman las dificultades propias de operar en un país con un embargo económico.

Tengo que ser honesta: regresar a tierra fue un alivio. Viví 6 meses dentro de un camper al lado de un equipo de perforación. Disfrutaba los atardeceres en tierra, iba a la playa en mis horas de descanso y hacía la despensa cada 2 semanas, aunque no siempre estaban todos los alimentos que se necesitaban y, a veces, tenía que recorrer —con los integrantes del resto del equipo de trabajo— hasta 6 supermercados diferentes para encontrar todo lo que necesitábamos.

A pesar de las carencias, disfruté cada momento. Aprendí a vivir sin internet y afiancé nuevas amistades que, en sus tiempos libres, me enseñaron cosas nuevas.

¿Qué sigue? El futuro lo dirá

Hoy me encuentro en Aberdeen, Escocia. Después de Cuba, caminé nuevos pasos hacia el Este hasta llegar a un lugar donde quiero pulir mejor los conocimientos que tuve en el Golfo de México y aplicar las nuevas técnicas que aprendí operando en tierra y en mar. El conocimiento es poder y creo que aún hay muchas fronteras que explorar en la industria petrolera. No sé si los nuevos pasos me llevarán nuevamente hacia el este o si tomaré una ruta de vuelta a casa. Por lo mientas, espero que conocer más de la industria petrolera y de su operación diaria incentive a nuevas generaciones a explorar esta carrera que tan importante es para México y para el mundo entero. Que la corriente nos lleve a nuevos horizontes.

 

Diana Herrera

Aspirante a maestra en ingeniería petrolera por la Universidad de Aberdeen. Ingeniera petrolera de la Universidad de Guadalajara, Campus Tabasco.

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3 comentarios

  1. Muchas gracias por compartirnos tu experiencia Diana, ahora podemos ver todo lo que conlleva la industria petrolera.
    En verdad eres un ejemplo para todas las mexicanas!
    Mucho éxito en todo !

  2. Interesante la descripción del arduo luchar de los profesionales que dedican su conocimiento, esfuerzo y sudor para obtener petróleo. El trabajo siempre enaltece a las personas. Todos trabajamos por nuestra familia y por nuestro país ; dejemos siempre huella en nuestro camino porque de ello depende nuestro futuro. Adelante ingeniera logre sus metas.

  3. Es sorprendente lo que has recorrido, recordando la situación difícil que se sufre en el país en cuestión laboral.
    Efectivamente no es nada fácil, yo he trabajado en perforación con jornadas de 14×14, y es desgastante, no me imagino 50 días, sin dudar son trabajos gratificantes, la experiencia y el conocimiento que se gana, no tiene valor alguno!
    ENHORABUENA!

    Más mujeres haciendo presencia en campo!

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